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Ya duermes

Ya duermes

Se acabó el 25 de abril. Querías levantar una copa de oporto esta tarde, cansado como estabas después de casi dos días sin dormir, y yo quería brindar contigo por ellos mientras cantaba desde tu ordenador Zeca Afonso y nos contabas esa revolución de música y claveles.

Sí, levantamos la copa por la caída de cualquier dictadura, pero creo que hoy, como cada 25 de abril, tú mandas tu corazón a saludar a los amigos que dejaste allí. Porque ¿sabes? creo que la raza humana desde que está sobre esta Tierra nuestra ha sido capaz de soportarlo todo; y ha podido vencer, saltar, sortear e incluso evadirse de todo aquello que impidió dar un paso más... por superación, por afan de poder o de libertad, por las meras ansias de sobrevivir. Hemos podido sin fuego, con hambre, sin agua, con guerras, sin libertad, con miedo. Lo único que nadie puede superar es la falta de cariño, el que no haya quien nos de un abrazo. Por eso, por ellos, que estuvieron allí a tu lado y para los que solo he oido de tus labios palabras buenas, yo brindo hoy (y valga la intención) con una cerveza a falta de oporto. Suenan fados mientras escribo; fados que son como tangos pero escritos con tinta de lágrimas con sal marina.

Y, mira, al volver esta tarde a casa pasé por la librería. Él, que me va conociendo, sabe que soy fácil de tentar con buenos libros y me ofreció el primer volumen de una colección nueva acerca de la Guerra Civil; estuvimos charlando un rato sobre eso, es una parte de la historia de nuestra España tan cercana y tan aterradora que me revuelve las entrañas el solo hecho de tener papel en las manos que hable de ella. Creo, y así se lo dije, que aún no estamos en situación de objetivizar lo suficiente todo lo sucedido; creo que han sido ya muchos los relatos de mi propia familia, cada uno en uno de los lados (lados de colores ¡qué ironía!) como para ser capaz de leer sin ver a mis abuelos y a sus dos hijos vivos enterrando a sus gemelas de pocos meses lejos de su casa mientras caía metralla por todas partes.

No es cuestión de llorarle al librero las penas de los mayores; así que, al fin, me limité a sonreirle y le dije: "me la leeré dentro de cien años, cuando el que la escriba  ya no tenga fresco en la mente el dolor por algún ser querido enterrado". Él me contestó: "me lo apunto para vendértelo sobre esas fechas... firmaba ahora mismo por llegar allí".

Eso aún dió mucho más de si. Vivir 100 o 150 años, volver a los 18 sabiendo lo que sabemos ahora para no tropezar de nuevo en los mismos errores... ¿seguro?. Uno no tiene un acccidente en una carretera por la que nunca ha ido, si no en la que conoce. Los errores ¿serán errores o serán páginas de una guía de viajes?. Pensaba en lo que tantas veces me has dicho: " Por qué no nos hemos encontrado antes"; las cosas pasan por alguna razón, y sigo creyendo que en algún momento ambos tomamos una decisión (puede que una sencilla decisión) que nos condujo, a saber cuánto tiempo más tarde, a la misma cena.

Tampoco era como para contarle al librero por qué le dije tan sumamente convencida que a mi me vale la pena llegar al día de hoy tal como he llegado. Él, por lo suyo, no parecía tenerlo muy claro; yo sí. Sin necesidad alguna de hacer comparaciones con el presunto bienestar o la mala suerte ajena, pero sin perder de vista ninguno de los malos tragos que fueron cayendo por el camino, tú lo sabes, bendigo el día en el que alguien me hizo recitar el conjuro de la queimada en castellano y ese otro en el que Coti afirmó un millón de veces que nada de aquello era un error.

Así que creo que desde aquel día cualquier piedra que pueda caer hará menos daño si, entre los dos, brindamos con un oporto (o una cerveza) aunque no sea 25 de abril. 

Y tú, duerme, que ahora ya no tendrás frío porque voy a tu lado a abrigarte con un abrazo.

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